Por lo demás, hermanos míos, manténganse firmes en el Señor y en el poder de su fuerza.
Revístanse de toda la armadura de Dios, para que puedan hacer frente a las asechanzas del diablo.
La batalla que libramos no es contra gente de carne y hueso, sino contra principados y potestades, contra los que gobiernan las tinieblas de este mundo, ¡contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes!
Por lo tanto, echen mano de toda la armadura de Dios para que, cuando llegue el día malo, puedan resistir hasta el fin y permanecer firmes.
Por tanto, manténganse firmes y fajados con el cinturón de la verdad, revestidos con la coraza de justicia,
y con los pies calzados con la disposición de predicar el evangelio de la paz.
Además de todo esto, protéjanse con el escudo de la fe, para que puedan apagar todas las flechas incendiarias del maligno.
Cúbranse con el casco de la salvación, y esgriman la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.
Oren en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y manténganse atentos, siempre orando por todos los santos.
Oren también por mí, para que cuando hable me sea dado el don de la palabra y dé a conocer sin temor el misterio del evangelio,
del cual soy embajador en cadenas. Oren para que lo proclame sin ningún temor, que es como debo hacerlo.
Nuestro querido hermano Tíquico, que es un fiel ministro en el Señor, habrá de comentarles todo acerca de mis actividades, para que también ustedes estén al tanto de todo.
Lo envío a ustedes precisamente para que sepan todo lo referente a nosotros, y para que de esa manera sus corazones reciban consuelo.
Que Dios el Padre y el Señor Jesucristo concedan a los hermanos paz, amor y fe.
Que la gracia sea con todos los que, con amor inalterable, aman a nuestro Señor Jesucristo. Amén.